EL PAIS
REPORTAJE LOS NUEVOS
Encuentros y desencuentros
FRANCISCO SOLANO
Caricatura social, los mecanismos
de la fatalidad o las frustraciones son algunos de los temas
abordados por seis escritores españoles que debutan
en la narrativa. Juan Aparicio-Belmonte, Juan Antonio Gómez-Pintado,
Yolanda Pardal, Ana Manrique y Juan Carlos Vellido intentan
conquistar lectores a través de la novela, mientras
Javier Mije lo hace desde los territorios del relato. Un
grupo de autores que muestra la irregularidad de la actual
literatura.
De los seis autores noveles que ocupan
hoy esta página, sólo a tres de ellos (Juan
Aparicio-Belmonte, Javier Mije y Juan Antonio Gómez-Pintado)
se les puede considerar, con un sentido muy amplio de su
significado, escritores, o proyectos de escritores. Sus
obras, en todo caso, reflejan cierta conciencia del arte
de escribir, y esto supone, de entrada, la acreditación
de un mérito suficiente para seguir su trayectoria
en un futuro inmediato. Por el contrario, de los tres restantes
autores se puede decir, y a la vista está, que han
escrito -más adecuado sería decir han perpetrado-
una novela, pero en su caso es una hazaña muy desvaída,
como subir a un cerro, y para lograrlo han tenido que rebajar
su índole artística a vaciadero de ocurrencias.
Las llamaremos novelas, qué remedio, por comodidad,
pero su entidad literaria no alcanza la agudeza de una atropellada
conversación de borrachos, a quienes, por otro lado,
no se les pasaría jamás por la cabeza retener
en letras impresas sus pataleos verbales.
que importa. Mala suerte (Lengua
de Trapo), de Juan Aparicio-Belmonte (Londres, 1971), es
una ingeniosa, divertida, en ocasiones desvergonzada novela
policiaca, en la estela de las parodias de género
de Eduardo Mendoza. Esta anexión indudable no presupone,
desde luego, mimetismo alguno; Aparicio-Belmonte tiene su
propio sentido del humor, y aprovecha hábilmente
su narración para generar una caricatura social centrada
en un abogado lenguaraz, una guapa comisaria, un psicoanalista
con aspecto de torturador franquista y un ex legionario
paranoico que se guía por tópicos de resentimiento
de clase obrera. La mezcla y colisión de estos cuatro
personajes, con la asistencia de otros de menor entidad,
igualmente ridiculizados, pone en pie una intriga más
bien endeble, pero que, al estar al servicio de la parodia,
permite que el sarcasmo sea el verdadero protagonista de
la novela. Ése es, tal vez, su único propósito
literario, y de ahí su efecto tonificante. Aunque
prosista descuidado, Aparicio-Belmonte controla el disparate
que bordea su novela. Conocemos enseguida la solución
del crimen, y así no distrae al lector con acertijos
para que pueda seguir los trazos caricaturescos de los personajes,
que aquí se dibujan con notable sagacidad. En un
alarde de malabarismo, recurre al registro metaliterario
prácticamente en la última línea, lo
que indica que no sólo parodia un género,
sino que le queda cuerda para burlarse de sí mismo.
Tanta parodia, sin embargo, puede llevar a la esterilidad.
El camino de la oruga (Acantilado)
es el libro de relatos con el que Javier Mije (Sevilla,
1969) presenta sus excelentes credenciales de escritor.
La forma breve se adapta bien a su prosa, pero revela una
ambición tímida. El título es una referencia
a la realidad como vulgaridad insoportable: "Un camino
de babas, lento, seguro y feo", se dice en el último
cuento. Sus personajes se mueven en una especie de limbo
interior, apegados a la rememoración de fracasos
sentimentales, con un martirizado sentido de la tragedia,
a punto de cometer, otra vez, los mismos errores que les
llevaron a la soledad. Se podría decir que la prosa
de Mije se articula para desvelar los mecanismos de la fatalidad.
Junto a una cita muy conocida de Machado sobre el dolor
benéfico, el otro epígrafe que abre el libro,
del desolado Thomas Bernhard, propone una concepción
infausta de la existencia: "Cuando veo hombres, veo
hombres desgraciados". Todos los cuentos son fieles
a esa consigna; y si ocasionalmente a algún personaje
le exalta una forma de felicidad, el fracaso íntimo
es siempre más poderoso que el triunfo. En el relato
Un corredor de fondo, el atleta vitoreado al alcanzar la
meta llorará de orfandad en medio de la fanfarria
de su éxito. La mirada que proyectamos sobre nosotros
no es de vanidad, parece decirnos Mije, sino equívoca
e infeliz. En otro cuento, Sabio en esperas, se describe
el desasosiego de una espera amorosa cuando se trata, en
realidad, de los preámbulos cotidianos de una jornada
de trabajo. Ahí se habla del "momento en que
el día se saturaba de engaños". Esa percepción
es el ámbito que explora la prosa minuciosa y sonámbula
de Javier Mije, que transforma en irreales los actos más
concretos y los expone, como vistos por primera vez, en
la dimensión recóndita que sólo ilumina
la literatura.
Trapo), de Juan Antonio Gómez-Pintado
(Madrid, 1970), despliega una estructura de narraciones
añadidas que produce, por un lado, la sensación
de que la novela puede concluir en cualquier momento, y
por otro, que no acaba nunca de cerrarse, al no encontrar
una clausura adecuada. Sin embargo, se sobrepone con holgura
a este desconcierto y hace de la deficiencia virtud. El
resultado es un ensamblaje de cruces de destino y azar desfavorable
donde los personajes malogran, sin saberlo, la oportunidad
que podría cambiar radicalmente sus vidas. Hay un
escritor que dejará de escribir, porque la agente
literaria que lo busca nunca lo encuentra en su domicilio;
hay un pianista devenido en transportista que coquetea dramáticamente
con la ilegalidad; un médico solitario, obcecado
en el odio a los gatos; un matrimonio leal en los sentimientos,
pero adúltero en la gula... La fatalidad en Mije
era de orden metafísico; en Gómez-Pintado
es simplemente de suerte. Escritor más apegado a
lo cotidiano, sus personajes padecen un común descontento
que se aplacará con la aceptación de una existencia
vulgar. La novela es un mosaico sobre el esfuerzo sin éxito
que lleva a esa conformidad. La docena de personajes que
pone en movimiento Música y fieras están relacionados
por hilos muy tenues, azarosos y frágiles, o bien
por sentimientos o intereses profesionales, pero en ningún
caso los vínculos son beneficiosos, como si toda
relación llevara dentro un núcleo de destrucción.
No hay protagonistas, sino focalizaciones diversas, lo que
da a la novela una apariencia de colmena giratoria donde
las esperanzas se frustran en el aislamiento de cada personaje.
Novela de desencuentros y ocasiones perdidas, expresa notablemente
la desazón de no hallar un claro asentamiento en
la realidad.